Las diferentes olas feministas en la historia
El feminismo es un movimiento heterogéneo que busca la equidad entre hombres y mujeres. Ha pasado por diversas etapas desde que fue reconocido como una corriente social, comenzando por el derecho al sufragio.
Los registros historiográficos han determinado que cada continente ha construido su propia historia. Por lo tanto, las etapas del movimiento feminista en América del Norte difieren de las de Europa o América Latina.
Incluso, la misma historia habla de muchos enfoques feministas, ya que la lucha por conquistar la equidad abarca los espacios más amplios y diversos, y está en constante reconfiguración, incluso dentro del mismo movimiento.
Ahora, nos enfocamos en echar un vistazo a las olas del feminismo, para identificar su contribución al presente.
Antecedentes del feminismo
El feminismo promueve la liberación de las mujeres mediante la eliminación de jerarquías y tratos desiguales.
Algunos estudios sitúan el origen del feminismo a finales del siglo XIII, cuando la filósofa católica Guillermina de Bohemia propuso la creación de una iglesia para mujeres.
Otros estudios reconocen a las mujeres predicadoras y brujas como parte de la lucha feminista. Pero este y otros hechos, aunque fueron de gran relevancia, por aislados, forman parte de los antecedentes.
La lucha feminista comenzó a tomar forma como movimiento social, a partir de la Revolución Francesa. Como la revolución se quedó debiendo a sus demandas, aprendieron a liderar sus propias batallas.
Marie Gouze, conocida con el seudónimo de Olympe de Gouges, declaró en ese contexto que los derechos de las mujeres estaban limitados por la tiranía de los hombres. Su postura le costó, literalmente, la cabeza.
Incontables gestas heroicas se extienden a lo largo de estos siglos, pero no es hasta la lucha organizada y colectiva de las mujeres, que se unen para conseguir el sufragio y el acceso a la educación, que la historia las reconoce como un movimiento.
La primera ola del feminismo
La demanda del voto se hizo sentir con fuerza en países como Estados Unidos, Inglaterra y América Latina, y marcó un antes y un después en el camino de la equidad.
La primera ola es reconocida desde la Convención de Seneca Falls de 1848. En esa ocasión, cerca de 200 mujeres se reunieron en una iglesia de Nueva York para discutir diversos temas y los "derechos de la mujer".
Al finalizar la reunión, se aprobaron 12 resoluciones, que pedían derechos concretos de igualdad, incluyendo, después de mucho debate, el derecho al voto.
El movimiento feminista estaba dividido por el racismo. Los objetivos de las mujeres negras eran diferentes, y además del acceso al voto, demandaban educación universal y empleo. Las mujeres blancas demandaban el derecho al voto y el acceso al trabajo.
Aunque dividido, el feminismo se hizo más fuerte y en 1916 Margaret Sanger creó, incluso contra la ley, la primera clínica de control de natalidad.
Estados Unidos e Inglaterra vivieron el movimiento con toda su fuerza y sus líderes fueron principalmente mujeres de la élite.
En Inglaterra, la demanda del voto también estaba ligada a la explotación de mujeres y niños en las fábricas. En 1903, se creó la Unión Social y Política de Mujeres, liderada por Emmeline Pankhurst.
Por sus manifestaciones violentas y sabotajes, fue considerada ilegal en 1903, y sus líderes sufrieron persecución y prisión.
A pesar de su crecimiento efervescente, la Primera Guerra Mundial frenó el movimiento social, que estaba en ascenso.
En América Latina, el movimiento feminista no tuvo mucho alcance, aunque siempre se mantuvieron demandas aisladas.
La segunda ola del feminismo
La segunda ola del feminismo tuvo lugar después de la Segunda Guerra Mundial. Se centró, entre otras cosas, en el derecho al voto, pero también en la equidad, el acceso a la anticoncepción, el aborto y la libertad sexual.
Figuras como Emma Goldmann, Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Clara Zetkin, Flora Tristán, Emmeline Pankhurst, Clara Campoamor, Carmen de Burgos, Lucretia Mott o Elizabeth Cady Stanton, por mencionar algunas, se destacaron y su contribución académica es de vital importancia.
Los estudios trazan una línea que enmarca esta ola desde las décadas de 1960 - 1970, hasta 1990, e incluso hasta el nuevo siglo.
La redefinición del patriarcado, el papel de la mujer en la familia, en la sexualidad, o en la separación de los espacios públicos y privados, forma parte de sus demandas.
La igualdad legal y política perseguida en la primera ola se amplía. Figuras feministas destacadas analizan que la desigualdad es mucho más profunda y compleja.
Reclamaciones como el placer sexual, antes reservado a los compañeros masculinos, o la cuestión de la crianza de los hijos asumida solo por mujeres, cobran relevancia.
El acceso a tarjetas de crédito, la solicitud de hipotecas, el reconocimiento de la violación conyugal y la violencia dentro del matrimonio, el derecho al divorcio, la visibilidad y la legislación contra el acoso sexual en el lugar de trabajo son parte de los logros del feminismo.
Incluso acciones simples como conducir, la baja por maternidad o la seguridad laboral durante el embarazo son logros impulsados por el movimiento feminista.
Tercera Ola del Feminismo
La tercera ola del feminismo tiene una clasificación entre la década de 1990 hasta la actualidad. Esta ola se basa en dos hechos: el caso de Anita Hill y el grupo musical Riot Grrrl.
El caso de Anita fue emblemático y escandaloso, al igual que el de Harvey Weinstein. Una avalancha de acusaciones, cometidas bajo su capa protectora de rico y poderoso, salió a la luz.
Mientras que el grupo Riot Grrrl dio voz al descontento de las mujeres a través de su música.
Desde esa década, las corrientes del movimiento se han vuelto más diversas y ya no se piensa en la idea de un feminismo uniforme y homogéneo.
El feminismo comienza a decir que lo personal también es político, cuestiona la libertad individual de las mujeres y su derecho a acceder a anticonceptivos, a decidir su sexualidad o a legalizar el aborto.
El concepto de patriarcado surge y académicos influyentes lo analizan en profundidad. El movimiento feminista se acentúa y se vuelve más complejo.
Los debates incluso llegan a estudiar el "buen" papel de la mujer, anclado solo en el trabajo doméstico y familiar, y aceptan la decisión de quienes no quieren hacerlo.
Se analizan aspectos tan importantes como la manipulación emocional de la madre en los hijos, o las fuertes estructuras de poder entre mujeres y su competencia mutua. Se busca romper con la idea de la "mujer víctima".
Hay fuertes indicios de que la tercera ola feminista es difusa y no ha logrado grandes conquistas como el sufragio. Sin embargo, la misma historia señala su alcance.
La concienciación sobre el tema y el constante cuestionamiento de la participación de las mujeres en las diversas facetas de la vida es un avance.
La violencia de género, que no había estado tan en evidencia, el #MeToo, la llegada de internet, que ha dotado al movimiento de una herramienta global, es cada vez más influyente.
Incluso se habla de nuevas masculinidades, que reconocen sus privilegios históricos, que promueven una masculinidad responsable, que asumen su paternidad, responsables del trabajo doméstico y otras tareas tradicionalmente reconocidas como femeninas, y que contribuyen desde su rol a visibilizar el feminismo.
El feminismo hoy también cuestiona y aborda aspectos tan profundos como la propia deconstrucción de la mujer.
Debates historiográficos
Cabe señalar que en Norteamérica se reconocen tres olas, pero el feminismo teórico señala cuatro.
La primera ola se registró a mediados del siglo XVIII. La segunda de mediados del siglo XIX al siglo XX, la tercera de 1960 a la década de 1990, y la cuarta, que se está desarrollando.
La posición del arte en la acción política feminista
El arte es un catalizador individual y colectivo, y ha desempeñado un papel destacado dentro del movimiento feminista.
Las prácticas artísticas se han adaptado y se han convertido en objetos políticos, fortaleciendo ideas, reafirmando conceptos, promoviendo el movimiento feminista.
Como es bien sabido, el arte no es neutral. No es posible una separación del artista como persona y su creación artística.
Las acciones feministas están en consonancia con el lugar. Por ejemplo, no es casualidad que las demandas de aborto se realicen fuera de una iglesia, a través de una performance.
Todas las expresiones artísticas adquieren relevancia cuando se alejan de los espacios institucionalizados por la mirada tradicional y el arte tradicional, y se vuelcan a las calles, a la gente.
Las discusiones relevantes se sacan de la arena política, de los espacios privilegiados, solemnes y cultos, para hacerse públicas.
El arte no es solo forma, no es solo música, pintura o escultura, no es solo diversión y recreación: también es el resultado de una expresión claramente política.
Reinventa expresiones desiguales y discriminatorias, cuestiona los roles que la sociedad considera normales.
Cuestiona la visión hegemónica y moviliza diversos puntos de vista. El arte feminista no deja indiferente a nadie.